En algún lugar de la ciudad, yacía un sucio tugurio donde las almas solitarias paraban a calentar sus manos y gargantas, aveces con una simple mirada triste, aveces con un vaso de whisky barato. De un modo u otro, todos en algún momento terminábamos ahí, mirando a la nada, tristes, revolviendo el hielo de nuestro trago con los dedos y cabizbajos tarareando una especie de cóctel hecho de viejas canciones que ya nadie se atreve a colocar en su play list. Cada alma sabia el camino que se debía seguir para llegar, pero claramente a nadie le importaba como se llamaba o que hacia cada uno y otro allí.
Las telas de araña en el techo eran parte de la decoración, como nosotros mismo, ahí en medio de la penumbra llorando penas con silencio. Todo era tan poco refrescante hasta que una pequeña luz, amarillenta, casi tan triste como la misma oscuridad se prendía sobre un improvisado escenario, así que ahí podías verla, empaquetada en su uniforme de camarera, con su pelo ondulado, casi en tirabuzones, con sus ojos delineados, algo cansados pero felices, misteriosos en la profundidad, se balanceaba con timidez, pero con cierto aire sobrador, su sonrisa era lo único que iluminaba ese desencantado lugar, era hoguera para los corazones al borde del abismo, al fin y al cabo, no hay tantos secretos, todos estos males, se reunían para verla, para oírla cantar con su dulce voz de niña, por que a pesar de parecer una mujer mayor, podía ver en su bamboleo al caminar con tacones que no pasaba la mayoría de edad, ella era solo una muchacha de pueblo queriendo tener un trabajo para pagar sus vacaciones de verano, y allí estaba, el orgullo del propietario, la brillantes del establecimiento, la cereza en mis labios. La guitarra comenzó en un reproductor y segundos después ella comienzo a cantar, era dulzura y tristeza, era sensualidad y caricias, ella era un viento cálido en mitad de una gélida noche, un cóctel que corta tu trago, la inyección de cafeína para los malos ratos...
Asi era cada noche, ella cantaba mirándome a los ojos, mientras todos los borrachos reian sonrojados, dulcemente al tararear el acompañamiento me sonreía avergonzada por que yo valla cada noche a escucharla cantar y esperarla en la madrugada para rodearla con mis brazo, apretar su bufanda y caminar juntos a casa.
Breè, es mi esposa, mi salvavidas de terciopelo, ella el la balada que da sonido a mi vida.
"Y toda la banda sonora acabo, dejando el silencio del final del disco, quitamos la aguja del tocadiscos y acabamos nuestra copa de vino, y siguió tarareando hasta el final de los sueños para volver a comenzar en el principio de la realidad, porque cuando ella canta, no importa donde estés, estas en casa"
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